Entrevista Adriana Smith, promoción 40

Entrevista Adriana Smith, promoción 40

Adriana es Alumni de la promoción 40, maestra de Educación Infantil, Primaria e Inglés, certificada en Neuropsicología y Disciplina Positiva, y madre de 3 hijos, colaboradora en radio, y desde hace poco escritora de cuentos infantiles.

¡Bienvenida, Adriana! En primer lugar, muchas gracias por concedernos esta entrevista y por tu disponibilidad. ¡Vamos allá! Has confeccionado un perfil profesional muy completo, cuéntanos un poco tu trayectoria.

Mi trayectoria siempre ha girado en torno a la educación. Desde que terminé la carrera en 2012, trabajo en Fomento de Centros de Enseñanza. Empecé en Primaria, en el colegio Altozano, y desde 2014 formo parte del equipo de Infantil en el colegio El Vedat, en Torrent. En cuanto llegué a Infantil me di cuenta de que debía seguir formándome: los primeros años de vida son determinantes para el desarrollo del niño, y eso me llevó a cursar el Máster en Neuropsicología y Educación. Más adelante, tanto la experiencia como madre de tres hijos como lo que vivía en el aula me hicieron ver la necesidad de formarme también en Disciplina Positiva. Y recientemente, en 2024, obtuve el Certificado en Educación Sexual Integral en la Infancia. Me encanta seguir aprendiendo. Como educadores tenemos el compromiso de actualizarnos constantemente para acompañar mejor a las familias y a los niños. Ahora me dedico también a colaborar con IFFD en algunas sesiones sobre matrimonio, familia y educación, además de divulgar en medios de comunicación y redes sobre el tema.

Y personalmente, ¿quién es Adriana Smith?

Me considero una persona inquieta, con muchas iniciativas emocionales y creativas. Siempre intento encontrar ratitos para compartir con mi marido a solas, y no renuncio a esas cenas “quitapenas” con mis amigas del cole, donde reímos, compartimos y vaciamos el corazón. La crianza de mis hijos me absorbe por completo —y con razón—, porque es mi proyecto más importante y también el que más energía me exige. Aun así, intento reservar tiempo para mis cosas: leer, escribir, pintar, dar sesiones formativas… y, sobre todo, disfrutar de esos momentos sencillos que me conectan con lo esencial. Uno de los pilares más importantes de mi vida es la Fe. Y no puedo hablar de ella sin mencionar a mi madre, que fue quien decidió llevarme a este colegio. Esa elección marcó profundamente mi camino.

¿Cómo crees que Guadalaviar ha influido en la mujer en la que te has convertido hoy? Tanto profesional como personalmente.

Me siento profundamente marcada por las profesoras. Recuerdo el cariño, la paciencia y la confianza que depositaron en mí, especialmente en los años más complicados. Eso me inspira cada día a mirar a los niños con los que trabajo desde su potencial, no desde su conducta. En el colegio aprendí también a implicarme con generosidad en proyectos que construyen. Creo que muchas de las antiguas alumnas compartimos esa actitud: trabajamos duro, cuidamos el ambiente en el que estamos, y damos lo mejor en lo que hacemos. Es un sello que se nota, estés donde estés. Pero si tuviera que destacar una sola cosa, diría que lo mejor que me llevo de Guadalaviar es una formación profunda en la fe. Esa base ha sido decisiva para que hoy viva con la convicción de que estar cerca de Dios es una prioridad en mi vida.

¿Siempre has tenido la inquietud de escribir historias?

Sí, siempre he tenido momentos creativos en los que las ideas fluían casi sin darme cuenta. Lo que ocurre es que durante mucho tiempo no me detuve a escucharlas, a darles forma ni espacio. Pero cuando por fin decidí pararme, escribir y mover lo que iba surgiendo, empezaron a llegarme muchas satisfacciones. Aunque de cien ideas solo una llegue a buen puerto, el proceso ya merece la pena. Porque escribir es también una forma de escucharme y de dar algo valioso a los demás.

Cuéntanos qué vamos a encontrar en “Mis papas no son superhéroes”.

Encontraréis la historia de una familia imperfecta, como tantas, que aprende a quererse de verdad: con sus fallos, sus días difíciles, su capacidad de perdonar y su forma única de amar a cada miembro tal y como es. Es un cuento que habla de lo cotidiano, de las emociones y de la ternura que nace cuando dejamos de fingir que lo hacemos todo bien. Y todo esto acompañado de unas ilustraciones preciosas de Naty Scabuso, que ha sabido captar a la perfección el alma de la historia.

Los cuentos son herramientas muy poderosas para los padres. Nos dan la oportunidad de tratar temas con nuestros hijos y explicarles el mundo a través de historias donde puedan sentirse identificados. ¿Qué moraleja entraña tu cuento?

Es un cuento que normaliza la imperfección en la familia y pone en valor el amor incondicional como base de todo vínculo. Además, descomplica algunos de los temas más habituales en la convivencia familiar y abre la puerta al diálogo y al perdón. Las habilidades sociales y emocionales aparecen de forma sencilla, cercana, sin moralinas. Los cuentos hablan a los niños en su propio lenguaje, y eso es lo que los hace tan poderosos: les

permiten identificarse, pero también tomar distancia, al tratarse de “otro”. Así, pueden ver reflejados sus propios conflictos desde fuera… y encontrar nuevas formas de abordarlos.

¿Tienes alguna anécdota del cole que sea inspiradora y que te haya servido a la hora de escribir o dedicarte a la enseñanza?

Es difícil elegir una sola, pero se me ocurren dos que han marcado mucho mi camino. La primera tiene que ver con el concurso de Excelencia Literaria, en Bachillerato. No solo no gané, ni siquiera quedé finalista. Y aunque en su momento fue un pequeño golpe al ego, me ayudó a entender algo fundamental: no basta con tener imaginación o talento, hay que trabajar, mejorar y esforzarse. Fue un baño de humildad que me hizo tomarme la escritura con más seriedad. La segunda fue una sugerencia de mi preceptora: animarme a participar en un campo de trabajo en Eslovenia durante el verano de primero de Bachillerato. Aquella experiencia fue providencial. Allí descubrí que ser profesora podía ser una vocación, algo que hasta entonces nunca había considerado. Desde ese momento, me encaminé con decisión hacia la educación… y hoy no puedo sentirme más plena con lo que hago.

Ahora mismo nos encontramos en un momento de cambio social y la oferta educativa es muy amplia y diversa, ¿qué aspectos valoras del modelo educativo de Guadalaviar como profesional?

Para mí, lo mejor de Guadalaviar es el trato a las familias y el papel de las profesoras. Esa atención personalizada, ese cuidado por cada alumna y ese acompañamiento constante hacen que el colegio sea un lugar verdaderamente especial. Yo siempre sentí que el colegio era uno de mis lugares favoritos en el mundo, y mi madre también se sintió muy arropada. Las profesoras creyeron en mí incluso cuando todo parecía ir en contra. Hoy, desde dentro del mundo educativo, valoro aún más lo que hace Guadalaviar. Sé que sus profesoras están a la vanguardia pedagógica – algunas de ellas son amigas – y me consta que el colegio ha sabido innovar sin perder su identidad ni su esencia, y eso es algo muy valioso.

¡Muchísimas gracias por contarnos tantas cosas Adriana! En Guadalaviar estamos muy orgullosas de tener en nuestras filas alumnis como tú, comprometidas, emprendedoras y apasionadas, con criterio propio y espíritu de servicio. ¡Un abrazo!

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